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CUARTA PARTE:  CELEBRACIONES

Notas: Eclesial | Misionera | Mariana | Vicenciana

Nota Eclesial: LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO

 

Ambientación

La expresión “Cuerpo de Cristo” suena muy familiar a los oídos católicos. La Iglesia vista no sólo como una corporación y organización externamente es­tructurada y dividida por dignidades y competencias, sino que también se la puede ver en su interior como misterio fundado por Cristo, lo que descubre para muchos una nueva dimensión eclesial. Pablo encuentra esa imagen y la aplica a la comunidad cristiana. Lo que importa es la unidad comunitaria y la unidad de sentimientos. “De hecho hay muchos miembros y un solo cuerpo” (1 Cor 12,20).

 

Reunidos en el nombre del Señor. Las comunidades que se reúnen en. casas par­ticulares saben que ellos constituyen la Iglesia, término griego que signi­fica “los que son convocados”. Oramos en Iglesia, es la oración lo que reúne a la Iglesia. S. Cipriano hace notar que el cristiano, ore donde ore, ora siempre en plural. Ora como miembro de una comunidad, incorporado por el bautismo al Cuerpo de Cristo.

 

Iniciamos la oración: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Que la admirable creación no calle de día ni de noche. Que no callen tampoco los as­tros luminosos, las montañas más altas, los abismos del mar, mientras nosotros cantamos en nuestros himnos: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo (Oraciones de los primeros cristianos).

 

Oramos para acoger la Palabra: Concédenos, Señor, contemplarte como Señor y Maestro de cada uno de nosotros, de tu Iglesia, por quien crece y recibe for­ma y aliento. Prepara nuestros corazones para escuchar las palabras de vida que proceden de tu boca.

 

Lectura de la Palabra de Dios: Rom 12,3-8

• Hacemos unos instantes de silencio para prepararnos a. escuchar la Palabra de Dios.

* ¿Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada: Interioriza la Pa­labra de Dios y aplícala a tu propia vida: “Todos vosotros sois uno en Cris­to” (Ga.3, 28). Espíritu del Señor, que la palabra divina empape y fecunde los corazones creyentes por ti convocados.

 

Respondemos a la Palabra con la oración. El Verbo de Dios se ha constituido en el Orante en medio de nosotros. Ora en todos aquellos que, reunidos, están unidos con El. Si el texto es una carta, es que hace falta leerla. Sin embar­go, no basta eso. La carta es Palabra de Dios. Por eso, quiero rezarla con mis hermanos.

 

Para profundizar en la Palabra. Explicación del texto: El cuerpo está estructu­rado de forma que las diversos miembros cumplen su función específica. Tam­bién los cristianos constituyen un solo cuerpo. Ninguno representa al cuer­po entero; pero nadie sobra. Por eso la existencia cristiana no puede limi­tarse a la esfera privada de la interioridad. 

 

Alabanza y acción de gracias: “Señor, te damos gracias, te alabamos y te bendecimos, porque no sólo te manifestaste en la riqueza y en la potencia de tu vida y de tu muerte, en tus palabras y en tus milagros, sino que sigues ma­nifestándote en el misterio de tu Iglesia. Tú vives en ella, Señor, en ella di­fundes tu Espíritu, en ella difundes tu palabra, en ella curas, en ella mitigas los sufrimientos del hombre, en ella y por ella te creas un cuerpo visible que es luz de la historia, signo e instrumento de unidad para el género humano” (Cardenal Martini).

 

Lenguaje simbólico: En el retablo de la Medalla están grabadas las doce estrellas. Es ciertamente una alusión a la Mujer del Apocalipsis, que aparece ves­tida de sol y coronada de estrellas. Pero las doce estrellas nos pueden lle­var también a la comunión de la Iglesia, fundada sobre el cimiento de los doce.

 

Envío

Hacerse discípulo de un maestro, supone reconocer la autoridad de otro en tu vida. Hacerse discípulo de Cristo, supone una entrega radical, desposeyén­dose de uno mismo. Así nace y crece la disponibilidad. Como miembros de la Iglesia, en su calidad de “cuerpo de Cristo”, los enviados adquirimos un com­promiso: ser verdaderamente y siempre tan transparentes como para dejar en­trever entera y límpidamente la estatura completa de Cristo (Cf. Ef. 5,27). “Que cada uno vea cómo edifica” (l Cor 3,10).

 

Bendición

Llena mi boca de tus alabanzas, Señor, y mis labios de alegría: que cantemos tu gloria y tu poder. Te bendecimos, Salvador nuestro, Señor del cielo y de la tierra por la abundancia de tu. gracia. Llena a tu Iglesia de tu gloria pa­ra que te alabe por los siglos sin fin.

 

Nota Misionera: TESTIGOS DEL EVANGELIO

Ambientación

Al leer el capítulo segundo del libro de los Hechos de los apóstoles descu­brimos que el primer efecto de la venida del Espíritu en Pentecostés es la predicación del Evangelio, que tiene como resultado una masiva conversión de quienes lo escuchan. Con la irrupción del Espíritu Santo y esta primera predicación, comienzan a cumplirse las palabras de Jesús: “Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis tes­tigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

 

Reunidos en el nombre del Señor. Danos tu Espíritu Señor, para que su presencia inunde nuestros corazones. Haz que nos congregue en la unidad. Guárdanos a todos en comunión de fe y amor mutuo.

 

• Oramos para acoger la Palabra:

La Iglesia en el cenáculo sólo pedía una cosa: el Espíritu. Pidamos el Espíri­tu como el don que contiene todos los dones. En particular, el don de oración. El Apóstol nos recuerda: “Habéis recibido el Espíritu de adopción por el que clamamos: Abba, Padre” (Rom 8,16).

 

Lectura de la Palabra de Dios: Hch 2,1-13

• Hacemos unos instantes de silencio para escuchar atentamente la Palabra divina.

* Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada. Leer, escuchar, sen­tirla, arder en nuestro corazón. Hablamos de tu Palabra, Señor, “y de todo lo referente a este estilo de vida.” (Hch 5,20).

 

Respondemos a la Palabra con la oración.  Nos encomiendas, Señor, dar testimonio del Evangelio, ser testigos y servidores de la Palabra. Llénanos de tu Espí­ritu, y que sea, tu Espíritu, el verdadero protagonista de la misión. Silencio orante.

 

Lenguaje simbólico: A falta de rostro propio, el Espíritu ha sido calificado de diversas maneras. Particularmente los textos sagrados y los santos Padres describen el aprecio que sienten por El. Veámoslo:

Espíritu creador, Espíritu del Padre, Paráclito, Consolador, Espíritu de verdad, Don de Dios, Luz beatísima, Espíritu vivificante, Fuego, Amor, Dedo de Dios, Dul­ce refrigerio, Padre de los pobres...Define tu misión como la de Cristo:  anunciar la Buena Nueva a los pobres, impulsado por el Espíritu, Padre de los pobres.

 

Bendición

Que tu Espíritu divino, Señor, nos haga servidores de los demás, nos dé sabi­duría para acoger la Palabra, ponerla en práctica y proclamarla. Dios nos bendiga derramando sobre cada uno de nosotros el “fruto”del Espíritu: Amor, cordialidad...

 

  Nota Mariana: MARÍA DE NAZARET, OYENTE ACTIVA DE LA PALABRA

 

Ambientación

La Palabra de Dios está en el corazón del creyente (Rom l0,8). Su vida ente­ra puede convertirse ahora en ‘sal de la tierra’ y ‘luz del mundo’. Se puede entonces cumplir el deseo de Jesús: ‘Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’ (Mt 5,16) .La actividad de María ante la Palabra es la más apropiada. Es la verdadera oyente que supo escuchar y acoger la Palabra con sencillez y plenitud. Descubramos nuestra condición de oyentes y orantes aquí y ahora.

 

Reunidos en el nombre del Señor. El Señor está con nosotros. Es muy familiar para nosotros el saludo litúrgico: “El Señor esté con nosotros”. Afirmamos así la presencia entre nosotros del que “vive por los siglos de los siglos”. Del mismo modo que el Ángel reconoce la presencia del Señor en María, así tambi­én nos reconocemos aquí y ahora, como tabernáculo del Señor.

 

Iniciamos confiadamente la oración. Nos servimos de la señal de la cruz. Así indicamos que es en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo que nos reunimos para orar.

 

Oramos para acoger la Palabra:

Concédenos, Señor, comprender tu Palabra y percibirla como luz que irradia el misterio de María.  Te confiamos, María, nuestra oración y la plegaría de JMV del mundo entero. Oramos mirándonos en ti, Orante nuestra.

 

Lectura de la Palabra de Dios: Lc 1,26-38

• Hacemos unos instantes de silencio para prepararnos a escuchar la Palabra de Dios: pide “oídos de discípulo”. 

• Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada. Procura repetir despacio las palabras evangélicas, grabándolas en tu memoria y en tu corazón.

 

Respondemos a la Palabra con la oración. La oración es ahora la respuesta que suscita la Palabra del Señor. Cuando leemos las Escrituras, escuchamos a Dios, cuando oramos, le respondemos. La oración es pues, absolutamente necesaria para que se dé el diálogo entre el creyente y Dios. La Palabra de Dios está pidiendo siempre nuestra respuesta.

 

Para profundizar en la Palabra. Explicación del texto: Lucas nos transmite aquí el encuentro más prodigioso que podamos imaginar entre Dios y cualquier criatura humana. Pensándolo bien, sólo María estaría en condiciones de transmi­tirnos algo de lo que realmente ocurrió.  Los sentimientos, actitudes y reacciones de María se reflejan los (vv.29,34 y 35) ”Ella se turbó al oír estas palabras, preguntándose qué saludo era aquel” (v.29). “María dijo al Ángel: ¿Cómo sucederá esto, si no conozco a varón?” (v.34). “Respondió María: Aquí está la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho” (v.38).

 

* María se siente confundida ante el saludo. ¡Son demasiadas impresiones para una joven de corazón sencillo! Pero el ángel confirma la validez del saludo y disipa la confusión. El diálogo resalta, junto a la sencillez de esta joven, su capacidad de intervención: ¿Cómo será esto?” Escucha atenta de la Palabra: esto es lo más importante, lo definitivo: “Hágase en mí según tu Palabra”.

 

La explicación del texto suscita nuevas respuestas e interrogantes:

  Alabanza: “Dichosa eres, María, que al recibir el anuncio del ángel te has hecho Madre del Verbo de Dios. Dichosa tú, que, meditando en silencio las palabras del cielo, te has convertido en discípula del Señor” (Antífona mariana).

• Acción de gracias: “En verdad es justo y necesario, darte gracias, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, por obra del Espíritu Santo, iba a na­cer para salvar a los hombres” (Prefacio de la Bienaventurada Virgen María, Discípula del Verbo encarnado).

 

Lenguaje del signo: La Medalla Milagrosa nos muestra el corazón de María al pie de la cruz, en actitud de acoger, meditar y vivir la obediencia de la fe. Lo que aquí nos sugiere el corazón de María junto a la cruz es la actitud que ella tuvo siempre de acogida de la voluntad del Padre, de meditar la Pa­labra de Dios en su corazón.

 

Envío. 

María, discípula de Cristo, intercede ante el Señor para que vivamos evangélicamente nuestro apostolado.  Llena de la luz del Espíritu Santo, ruega por nosotros para que, enviados al mundo, seamos “luz de las gentes”.

 

Bendición.

Señor, que todo mi ser sea inundado por la bendición y la alabanza. Que tu alabanza esté siempre en mi boca. Amén.

 

Nota Vicenciana: SAN VICENTE, HOMBRE DE CRISTO Y DE LOS POBRES

 

Ambientación

El Evangelio es una Buena Noticia, un mensaje de liberación, de luz y de amor; amor sobre todo por los oprimidos, los pecadores, los enfermos. Admiremos nosotros también y acojamos esta Buena Noticia de liberación, de luz y caridad: “No basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”. Si queremos es­tar con Cristo, como Vicente de Paúl, tenemos que tener el corazón cada vez más abierto. Tener una apertura universal significa aceptar que el Evangelio se extienda más cada vez.

 

Reunidos en el nombre del Señor. Oramos enseñados por los primeros cristianos:  “Dirige los ojos hacia nosotros, Señor. Concede tu perdón y tu misericordia a todos los aquí reunidos. Apiádate de nosotros y concédenos ser buenos, sa­bios y puros. Envía tu poder para que todo tu pueblo sea reconocido santo e inmaculado” (Oraciones de los primeros cristianos).

 

Iniciamos la oración. Jesús habló en aquel tiempo y sigue hablando ahora. Sus palabras no han perdido fuerza. Alaba y da gracias a Dios porque se revela a los hombres. ¿Quién dudará que la Palabra del Señor penetró hasta el fon­do del corazón de Vicente de Paúl?.

 

Lectura de la Palabra de Dios: Lc 10,25-37

  Hacemos unos instantes de silencio orante.

• Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada. Fija tu atención en cada uno de los personajes de la parábola. El letrado recibe, al final de la parábola, una respuesta magistral: “Vete y haz tú lo mismo”. El letrado no parecía tener ningún problema en lo que se refería a Dios. Pero aquí viene la parte que le preocupaba un poco. Jesús cuenta al letrado una historia para que emprenda un camino nuevo. Este mensaje encaminó a San Vicente al mundo de los pobres. He sentido, Señor, tu llamada al rumiar tu palabra:

“Vete y haz tú lo mismo”.

Respondemos a la Palabra con la oración. “Vete y haz tú lo mismo”. La Palabra del Señor pide respuesta. Aquí estoy, Señor, dispuesto a recorrer el camino recorrido por el buen samaritano. Te reconozco en el buen samaritano, en cada uno de sus gestos sanadores y acogedores. Haz que interprete, como Vicente de Paúl, esta parábola con mi vida.

 

Para profundizar en la Palabra En el prójimo se me revela Dios. Por eso debo amar también al prójimo con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas y con toda mi mente.

 

Envío

“Vete y haz tú lo mismo”. También te envía S. Vicente de Paúl: “Yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar”.

Vocabulario de apoyo

Acción de gracias

La acción de gracias es la resonancia de Dios, la manifestación exterior de lo que se experimenta en el alma.

Alabanza

La alabanza arrastra al ser entero del hombre. Alabar a Dios no puede convertirse en un acto ocasional, sino en ocupación de toda la vida. Debe ser la profesión del hombre en su paso por la tierra.

Cuerpo

En el cuerpo de Cristo, los cristianos se unen a Cristo, Cabeza y, desarrollando cada uno la función que le otorga el Espíritu en favor de los demás, realizan la misma unidad que tiene el cuerpo humano cuando practican sus diversas funciones en armonía con las diversas funciones de las restan­tes partes del cuerpo humano (l Cor 12,14-26).

Símbolos

Toda oración tiene una dimensión simbólica, pues el hombre intuye a Dios y entra en contacto con él por medio de los símbolos.

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