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JMV, Espiritualidad laical en itinerancia “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios” (LG 41a) Asistimos perplejos, y cuesta salir del asombro, a la ultísima sed de espiritualidad del hombre postmoderno, y eso que aún no hemos terminado de asimilar del todo ese “tenerla pendiente bajo sospecha” a la que ha estado sometida hasta hace bien poco, porque, haciendo honor a la verdad, sería injusto calificar globalmente como rechazo lo que sólo ha sido una especie de alergia a todo lo que pudiera sonar a espiritualidad, producto curiosamente de un “contagio” de practicismo provocado por la idea de que el acceso a lo transcendente o a Dios sólo podía venir a través de acciones productivas a favor de la humanidad. En este camino de vuelta (por ese estar sujeta la historia a la imponderable ley del péndulo) ha habido de todo. No se nos han ahorrado los desaciertos y las búsquedas desafortunadas. Sin apoyos externos e internos, pero con “sed”, lo más socorrido ha sido beber de cualquier fuente, siempre en medio de la confusión que nuestro estilo “post” de vida genera y en el que se recrea: sensación, casi envidia, ante las espiritualidades exóticas, necesidad de experiencias para resucitar los sentidos del alma, impotencia para certificar que sólo somos materia, huida del ruido hacia el silencio interior para descubrir que estamos vacíos... caminos, todos ellos, de regreso sujetos a la provisionalidad, pero en principio necesarios para redescubrir lo importante que es cuidar la dimensión espiritual en nuestra vidas. El panorama, dirigiendo la mirada hacia el interior de la realidad eclesial, no ha sido muy distinto: Confusión provocada por concepciones equivocadas, servilismo al hacer antes que al ser, privilegio al intimismo individualista, identificación exagerada de lo espiritual con el estado clerical, multiplicidad de recursos externos para apoyar la vida interior... Aunque en todo este asunto, lo lamentable, han sido los costos. Son muchas, las personas, que han ido quedando a la intemperie, especialmente los laicos, al no poder contar con el arropo de las pocas “instituciones” que, pese de las dificultades, han conseguido mantener tímidamente encendido el pábilo de la espiritualidad cristiana. Teniendo en cuenta, pues, esta peculiar situación, a la par tan plural y compleja, me marco como meta intentar arrojar un poco de luz al tema de la espiritualidad de Juventudes Marianas Vicencianas (JMV), defendiendo su original aportación en medio de la indiscutible afirmación de que la espiritualidad cristiana es sólo una en cuanto a lo esencial que es crecer en santidad aplicándose en unos medios fundamentales (oración, liturgia, virtudes...) que nos acercan a la participación en la vida trinitaria[1]. Soy consciente de las dificultades a las que me enfrento. Por una parte debo salvar la ausencia de reflexión sobre el tema, especialmente en los últimos años, que se ha traducido en muy pocas aportaciones escritas. Por otra sé que asumo el riesgo de no acertar a conjugar la grandeza de una espiritualidad que es laical, cristocéntrica y mariana, inspirada en el carisma vicenciano y fuertemente marcada por la característica de la itinerancia. Por eso, mis esfuerzos quiero dirigirlos a aproximarme, con la mayor delicadeza posible, a las que pienso que son las líneas-fuerza de una vida según el Espíritu que, hasta ahora, está siendo más practicada que pensada, eso sí anticipo de lo que puede ser, en futuras reflexiones, la base para la arquitectura de una teología espiritual consolidada de JMV. 1. Crecer guiados por el Espíritu La espiritualidad es teología práctica; con esto quiero decir que trata de alejarse de la “abstracción” para concentrar todas sus energías en la vida de las personas, con el fin primordial de ir ayudando a configurar la propia existencia al ritmo de la confrontación con lo que más impacta, en la propia experiencia, del estilo de vida de Jesús dejándose guiar, en esta tarea, por el Espíritu Santo. Desde aquí, el primer eje de reflexión sobre la espiritualidad de JMV, me parece a mí que debe reparar necesariamente en los destinatarios de la misma y estos son, no lo olvidemos, laicos jóvenes en proceso de maduración de la fe. Al hilo de estas reflexiones iré aportando definiciones, descripciones y expresiones de la espiritualidad con el fin de ir creando una “visón” panorámica sobre ella, pero todas bajo un denominador común: “crecer guiados por el Espíritu”. 1.1. Espiritualidad laical Única es la espiritualidad cristiana pero infinitas son las formas en las que se concreta, porque el Espíritu suscita constantemente, en los creyentes que se dejan acompañar por él, expresiones, cauces e instituciones adecuadas y eficaces que estimulan los estilos de vida diferentes surgidos de una visión particular de Cristo, ya sea de una persona o un colectivo. Cuando una persona vive con una coherencia extrema determinados aspectos de Jesucristo la Iglesia nos la propone como modelo a imitar. Así surgen las diversas corrientes de espiritualidad que tienen, muchas de ellas, a un santo como referencia inmediata de esa espiritualidad. Si esos rasgos son también asumidos por un grupo se convierten en la espiritualidad concreta de ese grupo, que a su vez tendrá distintas formulaciones según el estado de cada uno de sus componentes. Por ejemplo, la Espiritualidad Vicenciana tiene como modelo la singular visión de Cristo que hizo San Vicente de Paúl, pero luego es llevada a la vida de forma distinta por la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad y las numerosas asociaciones laicales vicencianas. Esta riqueza nacida de la diversidad puede perder fuerza si no se delimitan las fronteras que marcan el propio “estado”, pero también puede salir perjudicada si se establecen barreras inexpugnables que impidan la intercomunicación. Se impone, pues, la claridad a la par que la flexibilidad. Por lo tanto, si queremos decir algo sobre la espiritualidad de JMV el primer paso es reivindicar la nota laical de la Asociación. No voy a insistir mucho en este tema, porque hay aportaciones muy recientes[2], pero no está de más aclarar ciertos puntos. Han pasado tres décadas desde que el Concilio Vaticano II recuperó, sin poder evitar la ambigüedad[3], el lugar del laico dentro de la vida eclesial. Más tarde, el Código de Derecho Canónico arrojó un poquito de luz al definir para el laico su particular forma de vivir la fe: “impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo” (225.2). Pese a los esfuerzos, aún hoy, pesa demasiado una historia cargada de tradiciones espirituales vinculadas directamente con “las distintas congregaciones, órdenes y familias religiosas” que impiden salvar el binomio clérigo-laico en la oferta de un modelo de santidad que no marche a dos velocidades, la de la “perfección” para la vida consagrada, la de los “mandamientos” para la vida secular. Esto se puede evitar si, de una vez por todas, somos capaces de insertar la espiritualidad laical dentro de una “eclesiología de comunión”[4] capaz de respetar la entidad propia de los laicos a la par que la de las demás opciones de vida cristiana. Sin embargo, es muy difícil ser laico comprometido en la actualidad. Dejarse guiar por el Espíritu para dar testimonio de Cristo en nuestra sociedad exige a los laicos armarse de medios eficaces que les garanticen poder desarrollar, sin demasiados obstáculos, su dimensión espiritual auténticamente eclesial y laical. Concretando un poco más, asegurar en JMV la laicidad de su espiritualidad de presencia en el mundo pasa por marcar unas directrices que arranquen de la clave eclesiológica que acabo de proponer. Algunas de ellas pueden ser: imaginar herramientas específicas para orar en “medio del ruido”, las prisas y la falta de tiempo; facilitar cauces de participación en la vida litúrgica y sacramental; abrazar la abnegación en medio de la sobreabundancia; y nuevas expresiones para crecer en las virtudes sobre todo en la de la caridad. 1.2. Espiritualidad juvenil El que los principales protagonistas de JMV, además de laicos, sean jóvenes determina y caracteriza otra dimensión de su espiritualidad, quizás no muy tenida en cuenta hasta ahora. Hemos podido comprobar que la espiritualidad adquiere diferentes y ricos matices dependiendo del estado de vida que abrazan las personas. Algo parecido sucede, aunque no suele defenderse con la misma intensidad, con las etapas vitales, por eso voy a intentar reforzar la fuerte correlación existente entre el crecimiento humano y la expresión madura de la vida enraizada en Cristo e inspirada por el Espíritu. El adolescente, en búsqueda de su identidad, se debate entre el sueño y la sublimación, entre el Dios mágico y el Dios que llena de sentido la existencia, para ir dando paso al joven que se esfuerza por integrar lo humano y lo espiritual en la autoimagen que va formando sobre sí mismo. Es todo un proceso de fundamentación que, si está bien hecho, va a permitir al adulto madurar en la vida espiritual pasando de la entrega incondicional de su persona al seguimiento; aquí descubre que la iniciativa la lleva Dios y comienza el camino de unificación hacia el abandono en el absoluto[5]. Esta relación que existe entre vida espiritual y el proceso de madurez humana nos permite distinguir dinámicas espirituales distintas según las edades de la vida, hasta el punto de poder defender una espiritualidad específicamente juvenil, eso sí, no para contraponerla a una espiritualidad adulta o madura, sino para reconocerle unos medios, unas tareas y un estilo propio con el fin de aquilatar la iniciación y la fundamentación espiritual propia de la juventud. Dicha labor de fundamentación cada vez se hace más costosa. Nuestra sociedad occidental, en parte, es la culpable al desdibujar los referentes inmediatos de lo ideal y lo utópico, haciendo complicada la síntesis de realidad que tiene que realizar los jóvenes en su proceso de maduración. El resultado es un nuevo talante existencial del que son abanderados los jóvenes: desfragmentación ideológica y afectiva, individualismo atroz, presentismo craso, pertenencias múltiples, transgresión como principio fundamental, desconfianza sobre la razón, visiones más que razones, sobrevaloración de los sentimientos, ausencia de experiencias fundantes... Las repercusiones de esta mentalidad en la vida espiritual de los jóvenes están siendo letales. En este sentido urge realizar una labor de desmonte, pero también de aceptación porque, los mismos jóvenes creyentes de hoy, comienzan a ensayar y estrenar una espiritualidad propia que hay que aprender a acoger sin miedo. Expresiones audaces de esta espiritualidad juvenil, que ya comienza a verse en JMV, son: “El silencio interior como posibilidad de espiritualidad; la conversión como solidaridad con los pobres; la gratuidad como victoria sobre el sufrimiento; la sencillez como camino de pobreza evangélica; el diálogo fraterno como purificación y ascesis personal; el respeto y cuidado de la naturaleza, obra de Dios y hogar de la humanidad; la presencia social como testimonio, anuncio y tarea transformadora; la disponibilidad, como camino de libertad y compromiso”[6] 1.3. Espiritualidad itinerante Dejé claro al principio que, desde el punto de vista de los destinatarios, cualquier expresión sobre la espiritualidad de JMV tiene un denominador común: “Crecer guiados por el Espíritu”. Pues bien, este “crecer guiados”, o lo que es lo mismo, apreciar que la Asociación está sujeta a un proceso de maduración de la fe, es la tercera nota, quizás la más característica, de la espiritualidad en JMV. La espiritualidad está sujeta al dinamismo de la itinerancia. Etimológicamente, este concepto, viene de la palabra latina “iter” que significa camino. Por lo tanto, al aplicarlo a la espiritualidad como adjetivo intento describir una cualidad de la misma que la determina, que en nuestro caso es su condición de proceso, de continuo devenir, de realidad que no se adquiere de una vez para siempre sino que va creciendo junto con la persona hacia la plenitud y que se realiza en un camino trazado, con un “itinerario” programado, al menos en las primeras edades de la vida donde requiere una fundamentación, como sucede en JMV. Para asegurar el carácter itinerante no es suficiente contar con un proyecto de maduración de la fe donde queden bien delimitados los objetivos, las estrategias, las tácticas, los contenidos, las etapas, las exigencias y las celebraciones, todo como si de la estructura de un edificio se tratase, perfectamente encajado, coherentemente ensamblado. Tanto la madurez humana como el crecimiento espiritual que se intenta practicar en JMV está más en consonancia con la “metáfora de la semilla” que desvela otras atenciones: sembrar, cuidar, favorecer, ir sacando lo que ya está contenido en la semilla; dejarla crecer abriendo sus potencialidades, sin necesidad de añadir un adorno, a lo que es en germen y será en su total desarrollo si tenemos paciencia para esperar. Aunque la formación en la vida espiritual está sujeta a la aportación de unos contenidos, para hacerla crecer es necesario introducirla en el proceso catecumenal asegurando que se hace con auténtica mentalidad de camino[7], es decir, provocando experiencias fundamentales que inicien y hagan personalizar la espiritualidad. Esto se consigue respetando los ritmos personales, favoreciendo el protagonismo en el propio crecimiento, impregnando todo el proceso con mentalidad dinámica y preocupándose de que las etapas catecumenales no chirríen con los momentos propios, crisis y logros, de cada edad vital. En JMV, en cada etapa, se intensifica de una manera especial la fundamentación espiritual insistiendo en: - La espiritualidad del éxodo (1ª Etapa): Experimentar la provisionalidad y el desierto para purificar la imagen mágica de Dios, herencia de la infancia, y no caer en la tentación de la sublimación idealista propia de la edad. Poco a poco se intenta ir enraizando las vivencias espirituales en la historia de la salvación para descubrir la llamada universal a la santidad, a vivir la vida según Dios. - La espiritualidad del seguimiento (2ª Etapa): Presentar a Jesús, y su llamada universal a la conversión para entrar en el Reino, como referencia que ayuda al joven a integrar lo humano y lo espiritual en su vida. La meta final es la opción por Jesús que se traduce en el seguimiento, es decir, el Maestro se convierte en el principio unificador de sus opciones, el Espíritu se vive como guía y garante de la propia historia personal de maduración de la fe y el Reino de Dios se desvela como una causa por la que merece la pena entregar la vida. - La espiritualidad de la comunidad (3ª Etapa): Caminar hacia la comunidad adulta integrando al Espíritu en el proyecto vital. El encuentro con Cristo lleva progresivamente al joven a vivir según el espíritu de las bienaventuranzas y a “caminar según el Espíritu” (Rom 8, 4). Esto significa discernir conforme a los criterios del Espíritu y vivir las circunstancias personales y sociales según él. Al final del proceso, el joven adulto, dispone de suficientes recursos para acometer la tarea de desplegar en toda su riqueza la espiritualidad cristiana. En comunidad, desde la libertad, la experiencia personal y el discernimiento, poco a poco va descubriendo que, en la vida espiritual, la iniciativa la termina llevando Dios, que la bipolaridad de la existencia alcanza con Él unificación y pacificación y que la expresión máxima de la espiritualidad es Pascual, en cuanto se asume, con serena certeza, la victoria de la vida sobre la muerte. El mismo camino siguen, una vez iniciados, las comunidades de FMV (Familias Marianas Vicencianas); ellos, junto con los adultos, son referencia constante para los jóvenes y velan para que tenga, de ellos, bellas experiencias de vida espiritual. 2. “Dejar a Dios por Dios” Hasta aquí he analizado la espiritualidad de JMV desde la perspectiva de los miembros que la componen dejando, deliberadamente al margen, el componente carismático que impregna todo su ser laico y joven en proceso de maduración de la fe. Aún sabiendo que ser y carisma son inseparables, me parece que la opción metodológica tomada introduce claridad en el tema, pues ahora vamos a poder apreciar con más viveza cómo se implementan los rasgos que San Vicente eligió para su seguimiento de Jesús en la espiritualidad propia de JMV. Ahora pretendo centrarme, con detalle, en esa herencia carismática que San Vicente legó que, en lo espiritual, se centra en Cristo, evangelizador de los pobre y modelo de caridad[8], sin olvidar que el amor, inventivo hasta el infinito, ha ido puliendo rasgos a lo largo de la historia y el Espíritu no ha parado (no va a parar) de suscitar nuevas expresiones de este carisma particular que se recogen al abrigo de la cada vez más consolidada Familia Vicenciana[9]. JMV recoge este legado vicenciano de las Cofradías de la Caridad, donde se mira como en un espejo, y nace, para edificación de la Iglesia, por expreso deseo de la Virgen María en 1830. Desde entonces, acompañados por la Congregación de la Misión y por las Hijas de la Caridad, se han esforzado por mantener viva y operante su Espiritualidad Vicenciana desde la consagración a María en medio del mundo juvenil. 2.1. “Honrar el amor” Los contemporáneos de San Vicente de Paúl se debatían, simplificando un poco, entre una corriente espiritual abstracta y otra humanista devota que terminaron confluyendo en la denominada escuela francesa de espiritualidad; en ella destacaban personajes de la talla de Berulle y San Francisco de Sales. Ambos son espiritualmente cristocéntricos, pero con matices antropológicos que hacía que el primero se acercara más a lo abstracto y el segundo a lo práctico. San Vicente, dirigido y amigo de los dos, fue conformando su propia espiritualidad alejándose de Berulle y viendo en San Francisco de Sales el cauce para expresar, de acuerdo con su personalidad y su experiencia de Cristo, su peculiar forma de vivir según el Espíritu. La influencias de la espiritualidad salesa en San Vicente nos van a ayudar a comprender mucho de lo que vengo defendiendo y quiero argumentar ahora. San Francisco de Sales estaba convencido de que la perfección cristiana no es patrimonio de los claustros, ni del estado clerical porque es accesible a todos. La espiritualidad no puede ser algo circunstancial a la persona, sino fermento para las actividades humanas. Desde su visión optimista de la naturaleza humana descubre que la perfección está en el amor a Dios y al prójimo, lo único importante es vivir el amor[10]. - La identificación de Cristo con los pobres (IX, 750; X, 594; 628; XI, 240; 725). - Pasar del amor afectivo al amor efectivo (XI, 273; 733). - La experiencia de que los que mejor ayudan a los pobres son los que se hacen pobres al imitar a Cristo (XI, 129; 385) De estas líneas carismáticas nacen, por la fuerza creadora del Espíritu, matices que se concretan en las distintas congregaciones, cofradías y asociaciones vicencianas, pero tuteladas siempre por una única espiritualidad básica innegociable: “un caminar hacia Dios que pasa en todas ellas exclusivamente por los pobres”[14]. Este denominador común carismático se perfila y concreta, para las asociaciones laicales vicencianas, en las Cofradías de la Caridad. San Vicente, quizá por ser su primera fundación, se preocupó de dejar bien claro que en ellas el amor a Dios es imposible sin el amor al prójimo, prioritariamente al más pobre, y que, por lo tanto, “honrar el amor que Nuestro Señor tiene a los pobres, asistiéndoles corporal y espiritualmente” (X, 569) es el origen y la meta, la aspiración más profunda[15], de la vida laical vicenciana polarizada según el Espíritu. Este es, pues, el marco referencial vicenciano donde hunde sus raíces espirituales JMV y que trata de desarrollar, imprimiendo su vital dinamismo, desde las claves de su ser joven laico siendo testigos de Cristo en el mundo de los pobres. Inventivos hasta el infinito, como el amor (XI, 65), emprenden su camino de perfección desde la audacia participando en una sociedad que es hostil a los valores que defienden y optan por la comunidad convencidos de que ésta es perfecto reflejo de la vida trinitaria; por eso, buscan nuevas formas y espacios para orar, vivir la liturgia, celebrar la vida y ejercitar, desde el amor a los más pobres, las virtudes que configuran su estilo de vida. La dimensión vicenciana de la espiritualidad en JMV está cada vez más consolidada, pero el presente, también el futuro, de una Iglesia abierta al laicado como nunca, está demandando abrir, según mi parecer, dos líneas de reflexión: La primera, seguir pensando cómo ahondar en la raíz de la espiritualidad laical vicenciana de la Asociación desde la referencia histórica de las “Caridades”. La segunda, profundizar en la especificidad de la aportación espiritual que JMV está haciendo a la Familia Vicenciana preguntándose cómo puede “aprovechar”, en el sentido de la colaboración estrecha que estamos llamados a fortalecer, el que en su talante espiritual se concentren la evangelización y el servicio a los más pobres, es decir, lo propio de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad respectivamente. 2.2. “Honrar a María” El itinerario de fe en JMV tiene histórica y espiritualmente a la Virgen María como referencia. Para los jóvenes ella es la primera cristiana, tipo y modelo de la Iglesia, la que con su ejemplo los guía en la búsqueda de la orientación de sus vidas y a la que tratan de imitar en sus virtudes, su entrega a Dios y su actividad apostólica. Todo empezó a raíz de una experiencia fuerte, la que tuvo Catalina Labouré, Hija de la Caridad, en 1830. Eran tiempos difíciles para la fe. En Francia se asistía a un desarrollo industrial vertiginoso que provocaba grandes masas de desplazados del campo a las ciudades. La población obrera, siempre en aumento, estaba poco evangelizada y las desigualdades sociales entre clases eran cada vez más profundas. En este contexto social, Catalina Labouré tuvo un encuentro con María (La Virgen Milagrosa). Ella le encomendó la tarea de reunir a los jóvenes en una asociación que se dedicara a profundizar en la fe a partir de la contemplación de María y participara en la Misión de Cristo y de la Iglesia por medio de una vida apostólica entre la gente más sencilla. Ayudada por el Padre Alabel[16], miembro de la Congregación de la Misión, dieron los pasos para ir formando la Asociación de las Hijas de María. Desde 1835 a 1847, que fue aprobada por Pío IX a petición del Padre Etienne, Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, llegaron a formar quince grupos en París y alrededores. Desde entonces siempre ha estado vinculada la Asociación a la Familia Vicenciana bebiendo de su espiritualidad y participando, desde su realidad de laicos, en la evangelización y el servicio corporal de los más pobres. En este último punto quiero insistir. El carácter mariano de la Asociación ha provocado que históricamente su espiritualidad se centrara mucho más en “honrar a María” desde las “devociones” que desde las claves espirituales del carisma vicenciano. La Mariología antes del Concilio Vaticano II insistía en la devoción a la Virgen María glorificada, asunta y distribuidora de gracias desde el cielo e “imitarla” en su camino espiritual no pasaba del esfuerzo por adquirir sus virtudes como la pureza, la humildad, la modestia y el silencio[17]. En la actualidad, superados algunos debates conflictivos[18], se reconoce en JMV el fuerte entroncamiento en lo vicenciano que se traduce en una espiritualidad mariana evangélica inspirada en el Magníficat, la visita a Isabel, las bodas de Caná y la obediencia al Padre. El mismo San Vicente insistió en esta línea espiritual. Muy receloso de las devociones exageradas pidió proceder suavemente (I, 149) y con orden en el ejercicio de las prácticas marianas (IX, 784) y centró su espiritualidad mariana, sin perder la referencia cristológica, en los misterios de la Encarnación y la Visitación. Hay que honrar a María pero desde su sí a los planes de Dios (X, 937) y su humildad (IX, 965) hasta hacerse sierva (IX, 81) por amor (IX, 38) tal como lo expresó en el Magníficat (IX, 1078) alabando a todo un Dios que apuesta por los pobres; por eso, San Vicente se atreve a elevar la visita de María a su prima a la categoría de modelo de cómo debe ser la entrega material y espiritual a los pobres tanto de las Hijas de la Caridad (IX, 246) como de las Cofradías de la Caridad (X, 570). Toda estas reflexiones se articulan en JMV dentro del proceso catecumenal en una doble dirección. Por una parte, María es la referencia educativa del crecimiento espiritual de los jóvenes; ella es, además de Madre de la Asociación, educadora de la vida de fe, esperanza y caridad, y de las demás virtudes propias, que configuran el estilo de vida cristiano y alientan el seguimiento de Jesús desde la Espiritualidad Vicenciana de entrega a los más pobres. Por otra, María también es, desde la Visitación y el Magníficat, la perpetua imagen donde la Asociación debe mirarse para evaluar si su espiritualidad mariana es auténticamente vicenciana, porque el amor y el culto a María se traducen, inevitablemente desde el carisma propio, en sentir la pasión de los pobres y hacerse presentes en su mundo. Si esto no ocurre JMV será mariana, pero nadie podrá certificar que lo es también vicenciana. 2.3. Reservados para ser enviados El dinamismo espiritual en proceso dentro de JMV, ese dejarse acompañar por el Espíritu en el crecimiento y desarrollo de la vida bautismal, tiene su culmen en la consagración mariana. Ella es desde sus orígenes el alma de la Asociación, signo inequívoco de pertenencia y expresión última de cómo va ser el compromiso de los jóvenes desde la fidelidad a una vida dedicada a la Iglesia y a los pobres contando con las mismas armas espirituales con las que se entregó María. Muchas formas espirituales, sujetas a las circunstancias históricas, han cambiado desde la experiencia de Santa Catalina, pero desde 1848, que se publicó el primer manual de las Hijas de María, hasta el último en 1968[19], la consagración mariana ha sido la expresión final de la madurez espiritual de muchos jóvenes que han visto en ella la forma para integrar su ser enraizado en Dios por Cristo en el Espíritu, con su dimensión de servicio y evangelización de los pobres[20]. También es cierto que en los albores de la Asociación, y hasta hace bien poco, la consagración mariana estuvo demasiado vinculada a visiones jurídicas muy cortas y excesivamente pietistas pero, aún así, no se puede negar que el fortalecimiento de la fe, la santificación personal, el apostolado y la orientación hacia el estado de vida han sido insistencias constantes en todas las épocas. Esto ha favorecido que no se rompa lo genuino de la consagración mariana en JMV al dotarla de un armazón espiritual que ha podido ser enriquecido con los actuales contenidos de la teología de la consagración y la mariología. En este sentido, el mayor logro de la teología actual ha sido enraizar fuertemente la consagración en el bautismo. Por él todos los cristianos están invitados a vivir la experiencia de Dios, el seguimiento de Cristo y la vida según el Espíritu. Desde esta perspectiva la consagración se entiende como una “reserva”, somos de Dios, pero no como una huida del mundo, sino más bien, y con palabras de San Pablo, como una prevención para no amoldarnos al mundo presente (Rom 12, 2); porque en definitiva Dios no necesita de nosotros pero la humanidad sí y el que se consagra lo es para ser “re-enviado” en su nombre al mundo que está ansioso de Salvación. Toda consagración, por tanto, implica introducirse en una dinámica paradójica de muerte y vida, de perdida y ganancia cercana a como la vivió Jesús (ungido para anunciar a los pobres la liberación Lc 4, 18) y la leyó la comunidad primitiva al cantar en sus celebraciones el himno de Fil 2, 4-8[21]. Si añadimos ahora el adjetivo “mariana” se comprende fácilmente que la consagración de la que hablo está sujeta a la misma dialéctica. La mariología de nuestros días es más evangélica y recupera la figura de María implicada en una donación gratuita a Dios que la eleva para devolvérnosla más cercana y activa en la misión de acercar a los hombres a la salvación[22]. Por eso, el que se consagra a ella lo hace a Dios, pero queda colocado en una situación de riesgo permanente, en la misma tensión que María tuvo que vivir: el sí perpetuo, el continuo amoldar la propia existencia a las inspiraciones del Espíritu y el saber estar presente en medio del mundo, de manera especial en el de los más pobres. Tampoco podemos olvidar que la espiritualidad de la Asociación, incluso en el ámbito internacional, ha apostado por mantener como nota característica esencial su ser vicenciano[23]. Esto implica la opción por los pobres y un estilo de evangelización y servicio que determinan el “desde dónde” despliega JMV la consagración mariana y el “hasta dónde” le lleva, que indiscutiblemente es alcanzar que los jóvenes consigan vivir su ser cristiano escandalosamente del lado de los más pobres de este mundo. Inspirados, pues, por María los jóvenes, antes de realizar la consagración mariana al final de su proceso de crecimiento espiritual, se esfuerzan en fortalecer la fe, crecer en santidad, encontrar su lugar en la tarea misionera de la Iglesia y descubrir la comunidad como plataforma para vivir su vocación específica dentro del Pueblo de Dios. Cambiamos de perspectiva y también de discurso. Ahora trataré de acercarme a la espiritualidad de JMV desde su lado más práctico descubriendo el estilo propio[24] que genera vivir según el Espíritu desde las directrices que he ido desgranando hasta el momento. Me atrevo, incluso, a afirmar que el peso de las reflexiones que vengo haciendo cae del lado de esta parte porque es, al fin y al cabo, la más visible o si se prefiere la más testimonial[25] y no siempre se ha cuidado con la suficiente intensidad. Aunque cada vez queda más lejos y pueda parecer paradójico, la historia, en algunos momentos puntuales, ha despneumatizado la espiritualidad, le ha dado la espalda al Espíritu Santo para ofrecer un canon de santidad bastante miope, más preocupado por los medios y las tareas (“devociones” podría decirse) que por el estilo de vida radical que provoca en el que se atreve a dejarse guiar por el Espíritu de Cristo. Aquí voy a intentar salvar este obstáculo profundizando en los matices de las cuatro virtudes-valores[26] donde JMV concentra las consecuencias prácticas de su Espiritualidad.[27] 3.1. El espíritu de colaboración: Es la capacidad de entender la vida como un servicio. Tiene que ver con la humildad y quizás sea la expresión más sublime de la misma, pues Jesucristo declaró que él había venido al mundo para servir y no para ser servido (Mt 20, 28) y llamó a todos los hombres para que se acercasen a él que era "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29) y así prestarles su consuelo y alivio. San Vicente, en la misma línea, recoge esta faceta de la humildad como servicio proponiendo como modelos a Jesucristo y a la Virgen María. De ambos nos descubre el anonadamiento (X, 590) como principio espiritual básico para entrar en la dinámica de la colaboración con Dios, construir el Reino, y con los demás, servicio a los más necesitados. Para San Vicente la humildad es la virtud elemental mínima para cumplir los planes de Dios porque en el fondo la humillación es amor que se entrega sin condiciones. Ante la inmensidad de la grandeza del Padre sólo queda esta actitud como única posibilidad de acercamiento y así lo demostró Cristo y María, haciendo de la humillación su principio de actuación (IX, 1079). En el caso de María se fija en el Magníficat para centrar la espiritualidad que brota de esta virtud: Dios hace cosas grandes en ella y por ella porque acepta, haciéndose sierva, los planes del Padre (IX, 965). En parte está relacionada, esta virtud, con la bienaventuranza de los mansos, de los que tienen paz en su corazón, dulzura en sus palabras y fortaleza para soportar las injurias y los daños. Pero es mucho más que todo eso, pues en principio es también apostar por un valor contracultural. En nuestra sociedad priva todo lo contrario a esta virtud: la megalomanía, que no es sólo el afán de ser grandes y hacer cosas grandes, sino de jactarse de conseguirlo por las propias fuerzas. Por eso, apostar por la humildad como espíritu de colaboración en JMV supone trabajar para crear un estilo que pasa por: - Cultivar el valor de las pequeñas aportaciones, saber que nada es pequeño o insuficiente o inútil o estéril; que todo esfuerzo humano tiene un valor incalculable. - Colaborar en el bien común, porque apostar por el espíritu de servicio repercute en la comunidad entera en cuanto que las cualidades y dones personales no son utilizados para la autorrealización personal, ni siquiera sumados a los de otro, sino implicados para que la comunidad crezca y vivir así los unos para los otros. - Superar actitudes individualistas, es decir, no actuar como franco tiradores: "El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás"[28] 3.2. La búsqueda de la voluntad de Dios: Es el esfuerzo común por situarnos dentro de los planes que tiene trazados Dios para cada persona y para la humanidad entera. Más aún, está relacionada inmediatamente con la obediencia, pues sin ella, la búsqueda de la voluntad de Dios, no sería operativa. El máximo exponente de esta virtud es, como recoge san Pablo, la actitud de Jesús que se hizo obediente "hasta la muerte y una muerte de cruz" (Flp 2, 6-8). Jesucristo buscó en todo cumplir los designios del Padre, de hecho su vida entera, como dijo san Vicente, fue "un tejido de obediencia" (XI, 688). En la espiritualidad mariana de San Vicente también se resalta la obediencia de María a la voluntad del Padre desde el “fiat” (X, 937) que brota del amor profundo e incondicional a Dios. La entrega nace del amor y lleva al amor desde “la confianza en la providencia”, una confianza perfecta (IX, 1179) que culmina en el cumplimiento de los planes de Dios (IX, 1164). San Vicente ejemplarizó esta virtud de María y alentó a los suyos[29] para que la practicaran. La bienaventuranza que declara dichosos a los que buscan la paz está relacionada con esta virtud en cuanto que la paz no es el mero hecho de la ausencia de guerra. La paz significa prosperidad, buenas relaciones humanas, derecho y justicia, es decir, la felicidad del hombre. A los que trabajan por ella Dios les va a llamar hijos suyos, porque buscando la paz conseguirán cumplir su voluntad, que no es otra que todos los hombres sean felices regresando, así, al plan originario que tenía diseñado sobre la creación desde el principio siendo, con relación a Dios, hijos; respecto a los otros, hermanos; y del mundo puesto en sus manos, señores. Desde esta clave espiritual, buscar la voluntad de Dios se vuelve tarea del individuo, pero también de la comunidad. En ella y desde ella debemos estar abiertos a discernir, leyendo los signos de los tiempos, las opciones a realizar para construir el Reino de Dios en la tierra. Y desde esas opciones, mediante la obediencia, arriesgar los propios intereses para que juntos consigamos plasmar los planes del Padre sobre la humanidad. También es cierto que, buscar, discernir y cumplir la voluntad del Padre en una sociedad que está creciendo y construyéndose al margen de Dios puede, a veces, llegar a ser una tarea difícil; por eso se impone reforzar la virtud de la obediencia para ir superando los protagonismos adolescentes que frenan el esfuerzo común de alcanzar el Reino. 3.3. Transparencia: Es la traducción a un lenguaje actual y más abierto de la virtud de la castidad para evitar el escollo que pueda producir una interpretación reduccionista de esta virtud que debe entenderse más como capacidad de integración de la afectividad y la sexualidad que como el simple control que se pueda hacer de la genitalidad. Con otras palabras, el contenido tradicional de la virtud de la castidad ha sido interpretado de forma biologista y, por ende, ha marginado otras opciones mejores como la de integrar el tema afectivo-sexual dentro de la totalidad de la persona. Esa reducción biologista se ha hecho cuando se ha hablado de la castidad en términos de virginidad (no tener ningún contacto sexual); cuando se la ha dividido en perfecta (Célibes, novios y matrimonios que renuncian a cualquier clase de relación sexual) y en imperfecta (sólo abstención de actos venéreos ilícitos); o simplemente se le ha añadido el adjetivo "matrimonial" (moderación del acto generativo). Ser castos o ser transparentes va mucho más allá complicando a la persona en una corriente contracultural testimoniando el sí al amor sin ceder al espíritu hedonista (desenfreno de las pasiones humanas) que nos rodea. Ser transparentes consiste en un trabajo responsable de asunción armónica de la propia sexualidad en la totalidad del yo; así se le asigna a dicha virtud el papel de desplegar los significados de la sexualidad dentro de una concepción integral de la personalidad humana y cristiana. Esto obliga a no olvidar que la personalidad humana está sometida al proceso de maduración y que la orientación fundamental de una existencia no se realiza de un modo puntual; necesita un proceso largo y profundo para alcanzar la posesión plena de sí misma. Desde la perspectiva evangélica decir que Jesús habló poco del sexo, pero sabemos como actuó. Él decidió permanecer célibe, pero eso no le impidió, como hombre, relacionarse con las mujeres de una manera normal y sana, en incluso apostando en su sociedad, cuando todo estaba en contra, por promocionarlas y procurar que no las tomaran simplemente como un objeto de deseo: "Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón." (Mt 5, 27-28) A algunos les puede parecer atrevido afirmar que el contenido que debemos dar a la castidad es el que expresa la bienaventuranza de los limpios de corazón, pero tiene que ver mucho con ella. En la concepción judía "corazón" designa a la persona en su conjunto (nosotros decimos integral) vista desde la interioridad; y por otra parte, limpios es "puros" pero no en el sentido exterior de la palabra, sino en cuanto se es transparente, sincero, auténtico. Así, el limpio de corazón es esa persona que en su interior no es complicada, enrevesado, con mala intención, sino el que es sencillo, pacífico, amoroso, y por ende, con capacidad de no dejarse arrastrar por el hedonismo imperante integrando en su vida lo afectivo y lo sexual. En cuanto a las aportaciones de san Vicente en este tema tenemos que ser cautos, pues él bebió de la concepción negativa que imperaba sobre la sexualidad en el tiempo que le toco vivir. San Vicente, eso sí, recomendó vivamente esta virtud que ayuda a entregarse mejor a los demás y recordó numerosas veces que Jesús la estimaba profundamente (XI, 670). Desde la espiritualidad de JMV, vivir la transparencia es imitar esta virtud teniendo por modelo a la Virgen María. Ella supo ir más lejos que la gente de su tiempo aceptando el imposible de la maternidad virginal, aunque eso no debe conducir a privilegiar una concepción que derive en un rechazo de la sexualidad, sino a aprender como ella, desde la realidad personal de cada uno, a integrar todo ese mundo desde el desarrollo, sin traumas, de la madurez humana y espiritual. 3.4. La sensibilidad hacia las pobrezas: Es el valor-virtud más estimado por todos los que de una forma o de otra, están "tocados" por el carisma vicenciano. Y digo "estimado" en el sentido más estricto del término, o sea, la capacidad de poder jerarquizar los valores en una escala, o lo que es lo mismo, que para un vicenciano, la caridad está colocada en un lugar de preferencia. Sensibilidad ante las pobrezas es una manera fuerte de decir como la Asociación de JMV entiende la virtud de la caridad. No es otra cosa que pedir la "capacidad de implicación" y abrir, para quien no lo entienda, "el evangelio justo en esa página de Lucas en que Jesús le dice al fariseo aséptico que se fije en lo que hizo el samaritano y que se ponga a hacer lo mismo (Lc 10, 37)"[30]. Porque para Jesús la caridad es el precepto de amar a Dios y al prójimo y de la perfecta simbiosis de ambas leyes sale una más fuerte que es tener el alma sensible ante el hermano que sufre cualquier tipo de necesidad. Esto mismo lo expresa san Vicente de manera genial con una fórmula sencilla: la caridad se manifiesta en el amor afectivo y efectivo. Por eso, sólo quien ha experimentado el infinito amor de Dios es capaz de amar sin intereses, con urgencia, sin otro remedio, como si le colocasen cerca de la vista la señal de trafico del sentido obligatorio, y ya se siente apremiado a favorecer el que toda persona realice su vocación de hijo de Dios y así encuentre, con nuestro amor, el amor de Dios: "Amemos a Dios, hermanos míos... pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor a Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan, sin embargo, muy sospechosos, cuando no llega a la práctica del amor efectivo: "Mi Padre es glorificado en que deis mucho fruto" (XI, 733) Esta virtud está relacionada con la bienaventuranza de los Pobres, que llama felices a los que, amando a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todo su ser, eligen la austeridad como forma de vida para optar radicalmente por los empobrecidos de este mundo, colocándose de su lado, como el mismo Dios lo hizo por medio de su Hijo Jesús. Abrazando la pobreza, sabiendo lo que no se necesita para vivir, se tiene más capacidad para compartir y ser solidario. De esta manera se puede mostrar al mundo, por contraste, nunca por confrontación, que sí existe una manera de vivir sin quedar dominado por el consumismo. Este testimonio será eficaz si la espiritualidad de la caridad se expresa: - Con un lenguaje de obras, es decir, de justicia y de misericordia, que son un signo de que el Reino de Dios está verdaderamente vivo entre nosotros: dando de comer al hambriento, de beber al sediento, ayudando a encontrar las causas de su hambre y su sed, y las maneras de calmar ambas. - A través del lenguaje de las palabras: anunciando con profunda convicción la presencia del Señor, su amor, su ofrecimiento de perdón, su disponibilidad para aceptar a todos. - Y en todo, implicando los bienes y cualidades personales en la atención integral a los más débiles de la sociedad. FELIPE MANUEL NIETO FERNÁNDEZ, C.M. [1] Cf., J. RIVERA; J.M. IRABURU, Síntesis de espiritualidad católica. Fundación Gratis Date. Pamplona 1988. 1ss. [2] Cf., M. PÉREZ FLORES, Introducción a la espiritualidad vincenciana laical, en Cuadernos “Avivar la caridad. 1” CEME. Salamanca 1997. 69-87; J. CORERA, La espiritualidad del laico vicenciano, en Cuadernos “Avivar la caridad. 2” CEME. Salamanca 1998. 37-69 [3] Antes del Vaticano II, el papel del no consagrado no estaba definido, ni hacía falta; los únicos que “actuaban” en la Iglesia iban vestidos con traje talar. En la década de las revoluciones los ojos de todos miraban a Juan XXIII, sobre todo los de los seglares; reclamaban protagonismo, voz propia y una línea ascendente en el camino de superación del binomio clérigo-laico. A pesar de las buenas intenciones con las que empezaba la Constitución “Lumen Gentium” (comienzo descriptivo de la Iglesia como misterio seguido de la Iglesia como Pueblo de Dios) no consigue renunciar al orden jerárquico para describir a los miembros que constituyen la Iglesia, incluso frena la superación de la tensión clérigo-laico, pues en el nº 31, al definir a los laicos, el único camino que se propone es el de la descripción limitada: “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso”. [4] Cf., J.A. ESTRADA, La espiritualidad de los laicos en una eclesiología de comunión. Ed. Paulinas. Madrid 1992. 10ss. [5] Cf., J. GARRIDO, Adulto y cristiano. Crisis de realismo y madurez cristiana. Sal Terrae. Santander 1989. 73-84. [6] COMISIÓN EPISCOPAL DE APOSTOLADO SEGLAR, Jóvenes en la Iglesia, Cristianos en el Mundo. Proyecto Marco de Pastoral de Juventud. EDICE. Madrid 1992. 84. [7] Cf., J.M. LUSARRETA, Guía espiritual del proyecto en línea catecumenal, en AA.VV, Juventudes Marianas Vicencianas. Su espíritu y proyección apostólica. Madrid 1984. 203-222. [8] Es pensamiento común, pero está bien explicado en M. PÉREZ FLORES, Juventudes Marianas Vicencianas. Ahondando en la propia identidad, en ANALES nº 1 (1995). 100. [9] El P. General está alentando esta comunión de la Familia Vicenciana y propone unos rasgos propios de ésta: Devoción a la Providencia, amor a la misión, amor a la comunidad y devoción a la Virgen María. Cf., R.P. MALONEY, Espiritualidad para diversos tiempos. CEME. Salamanca 1998. 226-227. [10] Cf., R. TAVENEAUX, Le catholicisme dans la France classique, II. París 1980. 404-406. J.M. MOLINER, Historia de la espiritualidad. Burgos 1972, 375-379. [11] I. FERNÁNDEZ MENDOZA, La cristología en la vida y pensamiento de San Vicente de Paúl, en ANALES (1985). 600. [12] J. LORTZ, Historia de la Iglesia II. Madrid 1982. 284. [13] San Vicente se preocupa de una joven visionaria que está en contacto con las Hermanas y recomienda que se desentiendan de ella porque “ni nuestro Señor ni la Santísima Virgen tenían esas visiones y se ajustaban a la vida ordinaria” SAN VICENTE DE PAÚL, Obras Completas. Sígueme Salamanca. Tomo II, 82. En lo sucesivo, para hacer más ágil la lectura, citaré las obras completas de San Vicente entre paréntesis y al lado del texto haciendo solo referencia al tomo y la página. [14] J. CORERA, Compartir el carisma con los laicos. La Milagrosa. Madrid 1997. 16. [15] En el reglamento de las “Caridades” insiste San Vicente en estás tres ideas: Han sido fundadas para dar “honor y reverencia a Jesús y María” y esa es su misión principal después de ayudar a los pobres (X, 590, 625, 631, 651, 659, 667, 671); toman por patrones a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen para imitarlos en todo (X, 594, 628); y cumplen con una práctica devocional (X, 625, 602, 631, 651, 674). [16] Cf., R. LAURENTIN, Catherine Labouré et la Médaille Miraculeuse 1. (Edición crítica). 357. [17] Cf., J. CORERA, La espiritualidad del laicado vicenciano, a.c., 53-54. [18] Ha habido momentos en los que se ha puesto en duda el origen y la pertenencia a la Familia Vicenciana. Cf., J.M. ROMAN, La Familia Vicenciana, una renovación incesante. La Milagrosa. Madrid 1997. 29-30. [19] P. HOUFFLAIN, Manual de las Hijas de María Inmaculada. Madrid 1968. [20] Cf., J. HERRERA, Manual de los Jóvenes de la Medalla Milagrosa. Madrid 1952. 50-76. [21] En este himno paulino la consagración se describe como un movimiento dinámico que va desde lo más alto hacia el más abajo y no para perder sino para ganar, apostando por un imposible, el de ir más allá de lo que todos entiende por razonable y poder estar más cerca de los hombres y mujeres de nuestro mundo hasta el paradójico punto de que esa absoluta cercanía le hace estar arriba. [22] En este sentido, la actual fórmula de la consagración mariana fortalece desde una perspectiva más evangélica el compromiso de entrega y la disponibilidad en la Iglesia al servicio de los pobres. [23] Cf. M.P. FLORES, Juventudes Marianas Vicencianas: la consagración, en AA.VV, Juventudes Marianas Vicencianas. Su espíritu y proyección apostólica. Madrid 1984. 141. [24] Este aspecto concreto del estilo de vida lo he trabajado en equipo en: AA. VV., Temario de Jóvenes. 2ª Etapa. Guía del Catequista. JMV. Madrid 1995.149-152. [25] Sor Juana Elizondo afirma que “la difusión del mensaje y de la medalla es a la par causa y efecto de una profunda renovación espiritual en la Familia Vicenciana y en la cristiana” insistiendo, así, en que el testimonio de vida transformada a través de las virtudes marianas de JMV es la herramienta más eficaz para mostrar al mundo la fuerza del Espíritu que impulsa la construcción del Reino; Cf., J. ELIZONDO, María nos confía un mensaje en la Rue du Bac, en AA.VV, Juventudes Marianas Vicencianas. Su espíritu y proyección apostólica. Madrid 1984. 78. [26] Las virtudes tradicionales de los Hijos e Hijas de María son la humildad, la obediencia, la caridad y la pobreza (Cf., J.M. ALADEL, Manuel des Enfants de Marie. París 1948. En español hay numerosas traducciones). JMV ha heredado el espíritu de las mismas adaptándolas al lenguaje y la teología actual. |
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