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BEATA ROSALĺA RENDU, Virgen Memoria
Sor Rosalía (Juana María) Rendu nació el 9 de septiembre de 1786 en Confort en el cantón de Ain, en Francia. Desde niña fue educada en el ejercicio de la caridad, por lo que el atractivo por el servicio de los pobres era en ella natural. Cuando tenía 15 años, hizo una experiencia con las Hijas de la Caridad en el vecino hospital de Gex: ese fue el inicio de su vocación. El 25 de mayo de 1802 fue recibida en el seminario de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad en París. Se puso enferma y fue enviada a una casa del barrio de Mouffetard, barrio pobre de París, donde permaneció 53 años, hasta su muerte. Se dedicó a las obras que realizaba ya la Comunidad y fundó otras nuevas. De manera especial se dedicó a la visita de los pobres a domicilio. Fue un instrumento de pacificación. La casa de las Hermanas se convirtió en refugio de los pobres del barrio. Sor Rosalía fue también guía de muchos, con frecuencia nobles, en el ejercicio de la caridad. Se ha de recordar la ayuda que prestó al grupo de jóvenes universitarios, entre los que se encontraba el Beato Federico Ozanan y el Venerable León Le Prevost, quienes comenzaron las “Conferencias de San Vicente de Paúl”. Sor Rosalía murió el 7 de febrero de 1856, habiendo pasado los últimos años de su vida en el sufrimiento y la ceguera. Del común de santas de la caridad SEGUNDA LECTURA De las “Conferencias” de San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad. Asistir material y espiritualmente a los pobres Vosotras vais también a buscarlos Conferencia a las Hijas de la Caridad, nº 51. Sobre el espíritu de la Compañía, Pags. 426, 429 “Pues bien, mis queridas hermanas, para hacer que lo entendáis bien, es preciso que sepáis la diferencia que hay entre vuestra Compañía y otras muchas que hacen profesión de servir a los pobres como vosotras, pero no de la manera que vosotras lo hacéis. El espíritu de la Compañía consiste en entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres corporal y espiritualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la Providencia os envía. Fijaos, mis queridas hermanas, esta Compañía de Hijas de la Caridad se compone en su mayoría de pobres jóvenes. ¡Qué excelente es esa cualidad de pobres jóvenes, pobres en sus vestidos, pobres en su alimento! Precisamente os llaman pobres Hijas de la Caridad; y habéis de tener ese título en gran honor, ya que el mismo Papa se siente muy honrado al ser llamado siervo de los siervos de Dios. Esa cualidad de pobres os distingue de las que son ricas. Habéis dejado vuestro pueblo, vuestros parientes y vuestros bienes; y ¿para qué? para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Sois hijas suyas y él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad. ¿Qué es lo que él vino a hacer? Vino a enseñar, a iluminar. Es lo que vosotras hacéis. Continuáis lo que él comenzó; sois hijas suyas y podéis decir: “Soy hija de Nuestro Señor”; y tenéis que pareceros a él. ¿Cuál es por tanto ese espíritu de las Hijas de la Caridad? Es, hermanas mías, el amor de nuestro Señor. ¿No es natural que las hijas amen a su padre? Y para que podáis entender lo que es este amor, es menester que sepáis que se ejerce de dos maneras: afectiva y efectivamente. El amor afectivo es la ternura en el amor. Tenéis que amar a nuestro Señor con ternura y afecto, lo mismo que un niño que no puede separarse de su madre y que grita: “Mamá”, apenas siente que se aleja. Del mismo modo, un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo. Porque no basta con el primero, hermanas mías; hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, con entusiasmo, con constancia y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de una Hermana de la Caridad, porque ser Hija de la Caridad es amar a nuestro Señor con ternura y constancia: con ternura, sintiéndose a gusto cuando se habla de él, cuando se piensa en él, y se llena toda de consuelo cuando se le ocurre pensar: “¡Mi Señor me ha llamado para servirle en la persona de los pobres; qué felicidad!”. El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirven efectivamente a los pobres, corporal y espiritualmente. Estáis obligadas a enseñarles a vivir bien; lo repito, hermanas mías, a vivir bien, es lo que os distingue de otras muchas religiosas que están solamente para el cuerpo y no les dicen a los enfermos ninguna palabra buena; hay muchas así. Pero ¡Dios mío!, no hablemos de esas; bien, ¡Salvador mío!, la Hija de la Caridad no tiene que tener solamente cuidado de la asistencia corporal de los pobres enfermos; a diferencia de muchas otras tiene que instruir a los pobres. Esto es lo que tenéis sobre las religiosas del Hospital Mayor y las de la Plaza Real; y también que vais a buscarlos a sus casas, lo cual no se ha hecho nunca hasta ahora, puesto que las otras se contentan con recibir a los que Dios les envía. Por consiguiente tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual, esto es, decirles para su instrucción alguna buena palabra de vuestra oración, como serían cinco o seis palabras, para inducirles a que cumplan con sus deberes de cristianos y a practicar la paciencia. Dios os ha reservado para esto. Además, si ocurre alguna calamidad en París, por ejemplo en tiempos de guerra, se recurre a las pobres Hijas de la Caridad. No veo a nadie tan dispuesto a socorrer a los pobres de todas formas como vosotras. No seríais Hijas de la Caridad, si no estuvieseis siempre dispuestas a servir a todos los que os pueden necesitar. He aquí, hijas mías, en qué consisten en general, el amor afectivo y el amor efectivo: servir a nuestro Señor en sus miembros espiritual y corporalmente, y esto en sus propias casas, o bien donde la Providencia os envíe. ResponsorioIs 58, 7-8 R/.Parte tu pan con el hambriento, hospeda al pobre sin techo: * Entonces romperá tu luz como la aurora, y te abrirá camino la justicia. V/.Viste al que veas desnudo, y no te cierres a tu propia carne. R/.* Entonces romperá tu luz como la aurora y te abrirá camino la justicia.
Colecta Oh Dios, que concediste a la Beata Rosalía, virgen, tu espíritu de amor, para ayudar a los necesitados y abandonados, concédenos, a ejemplo suyo, la alegría de reconocer a Cristo en los pobres y de servirle con amor infatigable. Por nuestro Señor Jesucristo LECTURAS SUGERIDAS PARA LA EUCARISTIA: (sobre el servicio de los pobres)
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