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“San Gabriel Perboyre”
El primero de una familia de ocho hermanos, Juan Gabriel nació el día de la Epifanía, 6 de enero de 1802, en la aldea de Puech, parroquia de Montgesty, diócesis de Cahors. Dos de sus hermanos entraron en la Congregación de la Misión; una hermana fue Hija de la Caridad y otra, religiosa carmelita. Comienza el Seminario Interno en Montauban en diciembre de 1818. En septiembre de 1826 recibe la ordenación sacerdotal. Inmediatamente es destinado como profesor y moderador al Seminario Mayor de San Floro. Poco más tarde se le encomienda la dirección del Seminario Interno de la congregación en París. Pero él insiste una y otra vez en ser enviado a misiones, tras los pasos de San Francisco Regis Clet. Por fin, en 1835 es destinado a China continental y el 29 de agosto desembarca en Macao. Durante cinco años trabaja infatigablemente en la misión de China, en medio de dificultades y persecuciones, hasta que es llevado al martirio el 11 de septiembre de 1840, delatado por uno de sus fieles. Muere en Uchanfú. Se le concedió la gracia de "participar de manera singular en el misterio de la Cruz". Su arresto, su juicio y su condena reproducen la dolorosa pasión de Cristo. Murió en la cruz como El. Su piedad profunda, alimentada de vida inocente y pendiente, el celo apostólico por la salvación de los hombres y el deseo sincero de asemejarse a Jesucristo le han valido el sobrenombre de “Otro Cristo”. Cuando hayamos muerto, no se nos preguntará si hemos sido sabios, si hemos desempeñado cargos distinguidos, si hemos producido una buena impresión en el mundo; se nos preguntará si nos preocupamos de comprender a Jesucristo e imitarle”. Dilatar el imperio de Jesucristo en las almas. El misionero, en virtud de la vocación a que ha sido llamado por Jesucristo, ha de desear ardientemente anunciar el Evangelio en cualquier parte del mundo donde todavía no se ha establecido la iglesia. Este fue el ideal de Juan Gabriel, que a buen seguro, conocía la mente del Santo Fundador. “Es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y de las gentes...; estar en esta disposición si aún no estamos en ella; estar dispuestos y preparados para ir y para marchar a donde Dios quiera, exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas. Yo mismo, aunque soy viejo y de edad no dejo de tener dentro de mí esta disposición, aunque tenga que morir por el camino, Dios pide nuestra buena voluntad, una verdadera disposición para abrazar todas las ocasiones de servirle, aunque sea con peligro de nuestra vida, de tener y avivar en nosotros ese deseo del martirio, que a veces le agrada a Dios lo mismo que si lo hubiéramos sufrido realmente.” Fue beatificado el 10 de noviembre de 1889 por el Papa León XIII y el 2 de junio de 1996 fue canonizado por el Papa Juan Pablo II. Su fiesta litúrgica se celebra el 11 de septiembre. Muchos miembros de nuestra Familia Vicenciana, rezan diariamente esta oración compuesta por el santo misionero: ¡Oh mi Salvador divino! Por tu omnipotencia, por tu misericordia infinita, haz que yo pueda cambiar y transformarme en Ti; que mis manos sean tus manos y mi lengua tu lengua; que mi cuerpo y mis sentidos no sirvan sino para tu gloria. Pero ante todo, transforma mi alma y todas sus potencias: que mi memoria, mi inteligencia, mi voluntad, sean como tu memoria, tu inteligencia, tu voluntad; que mis actos y mis sentimientos sean como los tuyos. Y así como el Padre dijo de Ti: “Yo te he engendrado hoy”, lo pueda decir también de mí, y aún añadir: “eres mi hijo amado en quien me complazco”! Amén. |
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