Menú PrincipalBeatos Martires de la Revolucion Francesa Beatas Martires de la Revolucion Francesa Venerables Hijas de la Caridad Antivirus |
LA INFANCIA Y LA ORFANDAD Fain-les-Moutiers es una pequeña aldea borgoñona, no lejos de Dijon, con apenas doscientos habitantes. Grandes alquerías se agrupan en torno a la iglesia. Apenas se entra en la aldea, atrae la mirada una alta torre: es el palomar de la alquería Labouré... con sus 600 palomas. En este entorno nace Catalina el 2 de mayo de 1806. Suelen llamarla Zoé, el nombre de la santa del día en que nació. Es la octava de los diez hijos de Pedro Labouré y Magdalena Gontard. La madre de Catalina fallece repentinamente el 9 de octubre de 1815, dejándola a sus nueve años, muy conmovida. Llena de lagrimas, recuerda una oración que su madre le hacía recitar fielmente cada noche. En la habitación de la difunta, había una imagen de la Virgen. Lo toma y le dice: "Ahora serás Tú mi madre." El recurso a la Virgen no fue para ella un refugio pasivo de una niña tímida. Estableció con ella aquel vínculo en la noche de la fe como una muchacha libre y responsable. LA VOCACIÓN A los doce años, Catalina se convierte en granjera. Asume el papel de madre de familia y señora de la casa. Su hermana mayor, María Luisa, de 23 años, había comenzado su postulantado con las Hijas de la Caridad en Langres. Como ama de casa, Catalina es la primera en levantarse. La principal tarea de todos los días es atender a la cocina. Además de esto, hay que ordeñar las vacas, distribuir el forraje, llevar el rebaño al abrevadero comunal, preparar la comida para los cerdos, recoger los huevos del gallinero, sacar agua del pozo... Una noche, cuando Catalina tenía catorce años, tiene un sueño cuyo recuerdo la persigue.
Catalina se espera hasta el 2 de mayo de 1817 cuando cumplió 21 años. Expone su decisión de ser Hija de la Caridad a su padre, el cual lo rechaza. Ya le ha dado a Dios una hija y siempre le ha dicho que no le daría dos. Le manda a París con su hermano Carlos que tiene una tienda de vinos y taberna. El es dichoso teniendo consigo a su hermana; pero muy pronto descubre su sufrimiento. Lo comunica a su padre, el cual no quiere saber nada. Los hermanos de Catalina se ponen de acuerdo, y Huberto tiene la idea de ponerla en el pensionado que ha abierto su mujer, cerca de Fain-les-Moutiers. Allí, en Châtillon-sur-Seine, aprende a leer y escribir. Las Hijas de la Caridad tienen casa en Châtillon y Catalina va a verlas. ¡Se lleva una sorpresa! A la entrada de la casa, atrae su mirada un cuadro. ¡El sacerdote que había visto en sueños, san Vicente de Paúl! Viendo a Catalina tan dichosa, cuando está con las Hermanas, Huberto resuelve hablar de nuevo con su padre. Este se deja convencer, y termina por aceptar la vocación de su hija y su adiós final a Fain-les-Moutiers. EL SEMINARIO El 21 de abril de 1830, Catalina Labouré es admitida en el seminario de las Hijas de la Caridad, rue du Bac 140, en París. Le han dicho que el periodo de formación era duro pero iba preparada para todo. Nada le pesa, sobre todo ahora cuando actúa según su corazón. Apenas llegar recibe una noticia que viene a colmar sus deseos: las reliquias de san Vicente van a ser solemnemente trasladadas desde Notre-Dame a San Lazaro, la capilla de los Sacerdotes de la Misión, Padres Paúles el 25 de abril. En el seminario la jornada transcurre entre el trabajo, la oración y el estudio. Durante diez o doce meses, las Hermanas se preparan para ser Hijas de la Caridad. Nada distingue de las demás a Catalina. Sin embargo, el 18 de julio, un poco antes de medianoche, Catalina oye una voz: "¡Hermana! ¡Hermana! Levántate enseguida y ven a la capilla; ¡te está esperando la santísima Virgen!" Ella se levanta y descubre junto a su lecho un niño resplandeciente de luz. Le sigue hasta la capilla, que está iluminada... Allí espera, algo inquieta. Catalina refiere:
En este primer encuentro, María habla prolongadamente con Catalina. Le anuncia que le confiará una misión; le advierte que no debe dejarse detener por las dificultades, sino que ha de venir a orar a Jesús en la Eucaristía. Cuatro meses más tarde, el 27 de noviembre de 1830, segunda visita de María a Catalina:
PRIMEROS PASOS EN EL HOSPICIO DE ENGHIEN El 5 de febrero de 1831, Sor Catalina deja el seminario. Va destinada al hospicio de Enghien, un asilo de ancianos, en el municipio de Reuilly, un barrio pobre al sudeste de París. Está situado en una gran propiedad, y alberga a una cincuentena de personas de edad con escasos medios, a las que sirven siete Hermanas. Por ser la más joven, se encomiendan a Catalina los trabajos más duros: la cocina, atender al corral y a la granja. El buen sentido y la competencia de la campesina de Fain-les-Moutiers hacen maravillas. Pese los escasos recursos de la casa, se las ingenia y adereza platos apetitosos, para el bien de todos. Pese a sus múltiples ocupaciones, Catalina no cesa de pensar en la misión que le ha sido confiada. Por consejo de la Santísima Virgen, ha hablado con el Padre Aladel, que la conoce bien. Éste, al principio, no la cree, pero poco a poco se deja vencer por la sencilla tenacidad de Catalina.
Una terrible epidemia de cólera se ceba en París. En todos los distritos se cuentan con muertos por millares; una Hermana de la comunidad de Catalina está entre las primeras víctimas. Para hacer frente a esta plaga, que nadie puede detener, los cristianos oran. Las Hijas de la Caridad distribuyen la medalla, y hacen que los enfermos reciten la oración que dejó a Catalina la Virgen María: "Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti." Se ven curaciones inesperadas y extraordinarias conversiones. Desde febrero de 1834, antes de que se hubiera publicado ningún relato, la medalla es calificada corrientemente de "milagrosa", ¡nombre que le quedará! Catalina no se olvida del encargo que le dio la Virgen de transmitir al padre Aladel: "La santísima Virgen quiere de usted una misión... Será usted su fundador y su director. Se trata de una Cofradía de Hijas de María a la que la santísima Virgen concederá muchas gracias. Le concederán indulgencias... Se celebrarán muchas fiestas. El mes de María se celebrará con mucha pompa en muchos sitios." La obra surgió espontáneamente en 1838, cuando el padre Aladel era tercer asistente y colaborador del padre Etienne, entonces procurador de la Misión. Benigna Hairon, nacida en Beaune en 1822, empezó en dicha ciudad a los 16 años, el 8 de diciembre de 1838, con un grupo de Hijas de María. La asociación quedó constituida el 2 de febrero de 1840. Desde entonces empezó a esparcirse por otros lugares. El 20 de julio de 1847, el Papa Pio IX concede por escrito la facultad "de establecer en las escuelas dirigidas por las hijas de la Caridad una Asociación bajo el patrocinio de la Virgen Inmaculada". LA GUERRA Y LA COMUNA El 19 de julio de 1870, el emperador Napoleón III declara la guerra a Prusia. El aplastamiento de Francia es rápido, y el pueblo se subleva contra el emperador. Un gran movimiento popular, llamado La Comuna, se apodera de París. El barrio de Reuilly está en en centro del conflicto. Las Hermanas curan a los heridos de ambos campos. Los combatientes invaden el convento. Catalina es detenida y conducida al puesto de la policía. Piden que declare contra La Valentin, una asilada fanática, que la ha hecho sufrir mucho. Pero Catalina no dice nada, pues para las Hijas de la Caridad todo ser humano merece respeto, aun el peor de todos. LOS ÚLTIMOS AÑOS El 31 de mayo de 1871 Sor Catalina se ha encontrado de nuevo con su hospicio, con su huerto, con su portería. Hay ambiente de alegría. Los pobres, más numerosos después de tantos trastornos, se sienten dichosos de volver a verla, a la puerta, siempre acogedora y dadivosa. Saben que son ellos sus preferidos. Catalina ha cumplido ya 65 años, pero se sigue levantando a las 4 de la mañana, cuando suena la campana. Su ancianidad es sólida. Su oración es ejemplar y sobria: se mantiene erguida, inmóvil, con las manos apenas apoyadas en el reclinatorio, con la mirada transparente fija en el sagrario o en la estatua de la Virgen. Ya siente menguar sus fuerzas, y que la muerte se acerca. Es diciembre de 1876 y Catalina, cada vez más postrada, ya no sale. Asegura con calma: "No veré el final del año." 31 de diciembre de 1876: el año se acaba y Catalina sigue aún con vida. No parece que la muerte sea inminente. Recibe la comunión y las Hermanas recitan con ella el rosario. Suavemente, la sonrisa en los labios, expira. Eran las 7 de la tarde. Aquella misma noche, en el comedor, sor Juana declara: "No hay que ocultar ya nada. Catalina fue la que vio a la santísima Virgen y recibió el encargo de que hiciese acuñar la medalla milagrosa." El 3 de enero de 1877, una larga procesión recorre los tres jardines de Reuilly. Ha acudido una numerosa multitud. El entierro es un verdadero triunfo para la que siempre quiso permanecer desconocida. Catalina es declarada santa por Pio XII, el 21 de julio de 1947. Hoy, su cuerpo reposa en la capilla de la Medalla Milagrosa, París, rue du Bac 140. Esta capilla se ha convertido en lugar de peregrinaciones. Las muchedumbres responden a la invitación de la Virgen María: "Venid a pie del altar: allí se derramarán las gracias sobre cuantos las pidan con fervor." |
|---|
Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.
Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved